"...vacía la copa, poeta!"
Pero la pluma y la mano que la tenza no se mueven, y el punto sangra todavía, cada vez más y más grande, más decidido. El poeta piensa en silencio. Podría ser que con un ligero cambio en el último verso, una variación sutil y elegante, todo el poema adquiera un nuevo significado, más universal, más estético, más comprensible para el mundo:
"...yacía en la copa el poeta!"
Pero aún así la mano está quieta. La pluma tensa. Aún así no funciona. De las cenizas de su embriaguez, de su dicha inicial nace una lágrima. Su estrofa perfecta ahora parece retorcerse, opacarse frente a ese verso final ("que sería el último si se piensa en el poema como una obra de arte, o el primero si piensa en el poema como una caída, como mi caída... Carajo").Otra variación podría arreglar el problema. El poeta no puede ser sujeto poético, porque eso crearía una especie de paradigma artístico que él no quiere expresar y que, en realidad, es lo que ha sido el causante de todo el problema para empezar. Así piensa el poeta, que cree firmemente en que lo importante no es su oficio, sino su obra. Entonces piensa en lo siguiente:
"...Vacía la copa, llena la poesía!"
Dos cláusulas con un verbo ausente, para expresar ese vacío, ese vientre oscuro del alma humana que, a través de la embriaguez que produce beber de la copa de la inspiración, se llena de poesía. Pero la pluma, tensa aún, sigue sangrando en su firmeza. En realidad, la idea inicial tenía algo que le parece correcto y necesario: la utilización del imperativo. Sería, entonces, algo así:
"...a la copa vacía, llénala, poesía!"
O quizás una variante más sutil, más silenciosa; sin imperativo, es cierto, pero con pretérito imperfecto:
"...yacía la copa llena de poesía!"
O con pluscuamperfecto del indicativo:
"...Había a la copa llenado la poesía!"
Horas de trabajo meditado (la mano quieta y la pluma firme; la punta recta y sangrando) le proporcionan al poeta estas seis diferentes opciones:
1- "...La copa yacía llena de poesía!"
2- "... Qué hacía la copa llena de poesía?"
3- "...Habría yacido vacía en su copa la poesía?"
4- "...Vacía la copa que llenó la poesía!"
5- "...Qué habría en la copa si no se la llena de poesía!"
6- "...Vacía esta copa que ahora lleno, poesía!"
2- "... Qué hacía la copa llena de poesía?"
3- "...Habría yacido vacía en su copa la poesía?"
4- "...Vacía la copa que llenó la poesía!"
5- "...Qué habría en la copa si no se la llena de poesía!"
6- "...Vacía esta copa que ahora lleno, poesía!"
El poeta, sensible como es en su espíritu, sufre. No se decide. Y la indecisión es una llaga abierta en su pecho. Prefiere en esta circunstancia dejar la decisión al azar. Un dado lo decide: la operación y el resultado placen completamente al poeta. El punto, que ahora es un círculo considerable, ha manchado un poco la hoja. El poeta lo ignora y concluye su obra con un orgullo tan profundo que casi ni se ofende cuando las editoriales ignoran el texto calificándolo como mediocre. Sabiendo que el reconocimiento siempre llega después, el poeta espera ansioso la muerte. Guarda su texto, su obra maestra, en la seguridad del cajón más cercano a su cama. Y allí queda el texto, sin que nadie lo abra, sin que nadie revise sus versos, hojee sus páginas ni vea al final de ellas una mancha inexplicable que marca el inicio del último verso como si fuera sangre, una gotita negra y espesa de sangre.

1 comentario:
poesía llena de copas vacías, edipo de tebas
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