
Después de extensos análisis científicos que no escatimaron en los últimos esfuerzos tecnológicos, el Dr. M. determinó que su asombroso descubrimiento no era, como hubo especulado en sus primeras anotaciones en el campamento arqueológico, una especie de fémur de alguna criatura prehistórica hasta ahora desconocida. El hueso -completamente intacto, color nácar, con cierto resplandor- tenía una semejanza más que coincidental con el falange humano del dedo índice o medio. Pero tenía el tamaño de un campo de futbol. Los resultados de análisis posteriores sorprendieron aún más al científico, debido a la perfección en la composición química del hallazgo. El descubrimiento era, según su conclusión -para él irrefutable-, el dedo de Dios.
Inmediatamente, la exploración arqueológica fue disuelta y el hueso cuidadosamente enterrado en su lugar. Para el Dr. M, el descubrimiento no era tan fascinante como peligroso: una noticia así cuestionaría todo desarrollo científico de los últimos siglos; valores, ideales, teorías e ideologías a las cuales él había entregado su vida con pasión desenfrenada. Había comprobado científicamente que la ciencia estaba equivocada. Quemó hasta la última ceniza de todos sus documentos, apagó, formateó y destruyó todos sus equipos electrónicos y eliminó mediante ácidos todas las muestras. Lleno de lágrimas, pero sin dudarlo un solo segundo, se arrojó de la terraza del Instituto de Desarrollo Científico, sede en Londres, y nadie se despidió de él mientras atravesaba los 52 ventanales del edificio. El suicidio no fue una decisión difícil: No sintió el menor remordimiento moral, el menor miedo a la muerte. Y era lógico: el Dr. M. fue ateo toda su vida.
