marzo 22, 2007

Parábola del científico


Después de extensos análisis científicos que no escatimaron en los últimos esfuerzos tecnológicos, el Dr. M. determinó que su asombroso descubrimiento no era, como hubo especulado en sus primeras anotaciones en el campamento arqueológico, una especie de fémur de alguna criatura prehistórica hasta ahora desconocida. El hueso -completamente intacto, color nácar, con cierto resplandor- tenía una semejanza más que coincidental con el falange humano del dedo índice o medio. Pero tenía el tamaño de un campo de futbol. Los resultados de análisis posteriores sorprendieron aún más al científico, debido a la perfección en la composición química del hallazgo. El descubrimiento era, según su conclusión -para él irrefutable-, el dedo de Dios.



Inmediatamente, la exploración arqueológica fue disuelta y el hueso cuidadosamente enterrado en su lugar. Para el Dr. M, el descubrimiento no era tan fascinante como peligroso: una noticia así cuestionaría todo desarrollo científico de los últimos siglos; valores, ideales, teorías e ideologías a las cuales él había entregado su vida con pasión desenfrenada. Había comprobado científicamente que la ciencia estaba equivocada. Quemó hasta la última ceniza de todos sus documentos, apagó, formateó y destruyó todos sus equipos electrónicos y eliminó mediante ácidos todas las muestras. Lleno de lágrimas, pero sin dudarlo un solo segundo, se arrojó de la terraza del Instituto de Desarrollo Científico, sede en Londres, y nadie se despidió de él mientras atravesaba los 52 ventanales del edificio. El suicidio no fue una decisión difícil: No sintió el menor remordimiento moral, el menor miedo a la muerte. Y era lógico: el Dr. M. fue ateo toda su vida.

marzo 17, 2007

Parábola del filósofo


Atado a su razonamiento, el filósofo no puede volar por el remolino utópico de la eternidad. Ondea orgulloso, sin embargo, como la más perfecta demostración de la bandera. Su espíritu que inintencionalmente desea elevarse se sostiene por la tensión de los grilletes que él mismo ha colocado en sus pies. De vez en cuando, el alma libre de un artista pasa volando a su lado. Únete, filósofo. Rompe la cadena que te has impuesto y asciende conmigo, probemos juntos los paraísos artificiales. Pero el filósofo ni siquiera se inmuta. Con los ojos cerrados imagina el sabor de lo eterno, con las sienes apretadas envidia a la paloma, pero sonríe al sentir el frío metal de sus cadenas.

Y su ondeaje tiene la perfección de la embriaguez.

Week-end del enemigo

En la habitación, algún pasillo se desangra. La última copa posible se ha vaciado.
Alguien escupe al suelo. Otro reclama.
Silencio prolongado.
Alguien recoge los restos de una conversación que se creía terminada.

- Le juro que pensé que era un hombre torpe, un cualquiera...
- ¿Quién?
- Ese. Su hermano.
- No. Escribió un libro.
- Ah... ¿sí?
- Sí.

Silencio.
Alguien baja la mirada. Otro chupa lo que queda de un cigarrillo. Alguien sube repentinamente la cabeza, con la ilusión de la esperanza.
- Le invito otra copita.
- No. Mañana trabajo.

Alguien dice algo incomprensible. Otro apaga su cigarrillo y mira al reloj. Saca el revólver y lo carga.
- Lindo. ¿Es suyo?
- Sí. Era de mi hermano.
- Ah... ¿sí?
- Sí.
- ¿Vamos mejor afuera?
- Sí.

Alguien se levanta. Otro lo sigue hasta la calle empuñando el arma.
- ¿Aquí?
- Allá.

Alguien se arrodilla en el lugar indicado. Otro lo apunta enseguida.
- Disculpe la pregunta...
- Dígame.
- ¿Qué clase de libro escribió su hermano?
- No sé. Nunca lo he leído.
- Ah...