junio 25, 2007

Parábola del Mendigo



Lento, cansado y solo, el vagabundo casi ha alcanzado la cumbre de la calle, de los años. Sus ojos no ven nada más que una tristeza casi blanca. Apenas recuerda el color rojo, pero la piedad acaricia apenas su brazo en el borde abismal de una avenida y le enseña a volar sobre ella. Le toma esfuerzo sentarse en el mural de aquella iglesia. La guitarra que trae apenas si le sirve de apoyo. Oxidada, oscura y lejana, como él, una de sus cuerdas rotas se recuesta en las piedras. El resto de ellas empieza a desgarrarse entre dedos arrugados, amarillos. Su canto es débil, perdido y sucio; y él lo sabe, a pesar de que su oído quiere dejarlo como su mujer (que Dios la bendiga). pero prefiere ignorar la estética de sus gritos: la soledad desafina.
eso es bueno para el negocio.


Los pasos que se le acercan son siempre lentos, con el temor de un fervor religioso. La caridad entonces llega con las alas de plata sobre un plato de cobre, y le lame suavemente las orejas. Un día más de pan, piensa nostálgico el mendigo mientras toca la moneda con sus dedos arrugados, amarillos. Los pasos que se alejan son rápidos y nerviosos, como si quisieran alejarse de la muerte sin despertarla, sin contagiarse. El hombre que ha arrojado la moneda deja huellas cada véz más opacas. Cuando se aleja lo suficiente el mendigo sabe que aquel ser lo ha olvidado ya, como Dios, que no logra verlo porque no le permite la entrada al templo, y le limita a las piedras frías del umbral, mientras se imagina que Cristo se atreve a salir, a sacar por lo menos la cabeza por la puerta, un par de palabras por la ventana. Quizás Cristo también, como el mendigo, tiene miedo de ver la calle; como el hombre de la moneda, como el hombre, tiene miedo de ver la muerte.


El mendigo, de vez en cuando, cree que todo esto es cierto, y algo en su alma se ilumina al pensar que Cristo lo teme como el mundo teme a su padre. No tenga miedo, quisiera decirle si algún momento saliera, lléveme nomás. Pero nadie abre las puertas de ese templo que su alma arrugada golpea con su canto podrido.


Sin embargo, de vez en cuando las huellas impertinentes y traviesas de un niño se acercan aceleradas y se plantan un momento frente al plato. Ningún metal se deja oír. Qué feo canta este señor mamá, logra escuchar el mendigo en lo que le ha llegado de un murmuro que involuntariamente se aleja al ritmo de otro par de pies. El mendigo entonces apenas sonríe porque le parece sentir que Dios ha sacado el brazo, nada más que el brazo y le ha dado una palmada delicada y calurosa, solo una, en el hombro.